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La pandemia cambió radicalmente la vida de las personas, especialmente la de las niñas, niños y adolescentes. Aunque muchas veces no se les catalogó como “población de riesgo”, sus derechos se vieron —y se siguen viendo— profundamente vulnerados. 

Si bien sabemos que el virus no discrimina, hemos visto que sus impactos sí y ha sido la niñez y adolescencia en situaciones más vulnerables las más afectados. Son ellos quienes viven con mayor crudeza los efectos colaterales de la pandemia, como han sido la restricción de movimiento y el confinamiento obligatorio. Así, surgen temáticas —o más bien se acentúan—  urgentes de abordar como la deserción, exclusión y rezago escolar. Además de la violencia, tanto física como psicológica. Todas esas dimensiones de la vida de los niños y niñas lograron cifras alarmantes, aumentando aún más las brechas ya existentes.

Los datos estadísticos que nos dejó el 2020 referidos a educación son preocupantes, ya que al 2020 el número de estudiantes excluido del sistema escolar es 186.723. Se estima, en cambio, que el número total de escolares excluidos durante este año podría llegar a 81.099 estudiantes, lo que sumaría un total de 267.822, implicando un aumento del 43%, de acuerdo a la Mesa Técnica para la prevención de la Deserción Escolar.

Estos estudiantes provienen, según hemos podido evidenciar, de los sectores más vulnerables y excluidos de la sociedad. La falta de acceso a una educación de calidad está, además, afectada por los altos niveles de segregación escolar que existe en Chile por el género de los y las estudiantes, por las condiciones socioeconómicas de los padres o por los contextos disímiles que enfrentan las escuelas, las y los docentes y directores a los cuales el sistema no ha sabido adaptarse.

En el contexto de la pandemia, de hecho, se identificaron tres factores que influyen directamente en que niños, niñas y adolescentes dejen de asistir a sus clases: la cobertura de la provisión de educación a distancia, el acceso de estudiantes a la formación a distancia y  la capacidad de aprender de forma autónoma, reflejando así que no es una decisión que ellos toman sino una consecuencia de las realidades que enfrentan. Ellas y ellos no abandonan el sistema escolar, son expulsados y excluidos de él. 

Pero no sólo fue la educación. Otra alerta que surgió fue la violencia contra la niñez. Si bien siempre ha sido alta en Chile —según la Encuesta Longitudinal de Primera Infancia, el 62% de los padres, madres o cuidadores reconocen utilizar métodos de disciplina violentos en la crianza de sus hijos e hijas, y también en otros países de América, el encierro habría provocado una cifra negra de casos de violencia. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los NNA con mayor riesgo de sufrir violencia en el hogar producto de la pandemia son lo que ya sufrían de violencia en el hogar previo a la pandemia y que se ven obligados al confinamiento, además de quienes ya vivían algún tipo de vulnerabilidad y exclusión. Sólo en el mes de marzo de 2020, aumentó un 25% los llamados de niños, niñas y adolescentes que buscan algún tipo de apoyo y acompañamiento a través de la Línea Libre de la Fundación para la Confianza.

Con esas cifras como antecedentes, el trabajo de América Solidaria en 2021 estará principalmente enfocado en disminuirlas, además de las problemáticas que ya se abordaban de años anteriores, como lo es, por ejemplo, la inclusión de los niños y niñas en situación de discapacidad o la participación de la adolescencia en las decisiones que les afectan. 

Desde sus inicios, el modelo de trabajo de América Solidaria ha sido a través de la cooperación, del trabajo en red: nos aliamos a organizaciones que trabajan en el territorio, con y por la niñez, y ponemos a disposición profesionales voluntarios para apoyarlos en las necesidades que requieran para disminuir las vulneraciones y exclusiones de la niñez. Así, iniciamos este 2021 con 24 proyectos activos en Chile, donde unos están enfocados en fortalecer a las organizaciones en temáticas como la sostenibilidad o las comunicaciones de la institución; otros tienen el foco en reforzar sus programas sociales, trabajando directamente con los niños y niñas y, por último, los que tienen en su centro propiciar y potenciar espacios donde los adolescentes participen y tengan injerencia en las decisiones que les afectan. Todos estos proyectos son abordados en su mayoría por voluntarios profesionales nacionales hoy hay 44 activos en diversas organizaciones de niñez—, quienes tras terminar su proceso de Formación Inicial ya están colaborando y trabajando junto a las escuelas, organizaciones sociales y de la sociedad civil en muchos rincones de Chile. 

Tomás Barrionuevo es uno de esos voluntarios, y quien hoy se desempeña como voluntario en Concausa, uno de los programas que buscan fortalecer la participación adolescente. Así explica por qué quiso participar: 

"Creo en el cambio y que las cosas se pueden hacer mejor. Las niñas, niños y adolescentes se lo merecen. Hay muchos desafíos hoy día en América y tenemos que hacernos cargo. Hay que sumarse para contribuir, sólo así podremos generar transformaciones. Yo como voluntario y también todos los demás. Tenemos diferentes conocimientos, venimos de distintos lugares, pero desde esa diversidad podemos aportar a una América diferente"
Tomás Barrionuevo
Profesional Voluntario de América Solidaria

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