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A principios de año pasado, recibí un mensaje que traería muchos cambios a mi vida. El equipo de América Solidaria Colombia estaba interesado en hacerme una entrevista para formar parte de la misión 2020 en su país. Yo estaba muy emocionado, pero también confundido. Sin duda quería vivir la experiencia de un nuevo voluntariado, y más con un gran proyecto y con un tema tan sensible, la prevención de abuso sexual infantil. Sin embargo, tenía muchas dudas y miedos, dejar atrás familia, amigos y postergar algunos sueños, no resultaba fácil.

Alentado por mis convicciones, tomé la decisión de emprender el viaje. Las despedidas no fueron fáciles pero sabía que valdría la pena vivir esa experiencia. Empaqué lo necesario, incluidos recuerdos, tristezas y un corazón roto. Estaba agradecido por la oportunidad y listo para la nueva aventura.

Llegué a Colombia con muchas expectativas, era mi primera vez en aquel país, quería conocer y explorarlo todo. Descubrir nuevos sabores, olores, nuevas formas de pensar, nuevas palabras y expresiones, en fin, experimentar. El recibimiento fue de lo más cálido, desde el primer momento me hicieron sentir bienvenido y en casa.

Conocer a los demás voluntarios y voluntarias fue de lo más interesante, reforzaban en mí las ganas de ser parte de esa misión, mostraban fuertes convicciones, se apasionaban por defender sus ideales y sobre todo, estaban dispuestos a trabajar con las comunidades sin esperar nada a cambio. Yo me encontraba feliz y orgulloso por formar parte de ese nuevo grupo.

 

Mis primeros días en Bogotá me permitieron adentrarme en una nueva ciudad aunque de forma muy superficial. Comencé a descubrir el amor de los colombianos por el tinto, el bocadillo, el chocolate e incluso comencé a entender su fascinación por la combinación dulce-salado.

Comencé una nueva vida al norte de Bogotá, el barrio lucía tranquilo y agradable. Debía compartir el espacio con tres personas más, Karina, mexicana; Alan, mexicano; y Tanya, chilena. La primera semana viviendo juntos sirvió para poder ordenar, organizarnos y empezar a conocernos.

Todo iba muy bien, hasta que los casos de personas infectadas con COVID-19 empezaron a aumentar y el gobierno comenzó a tomar medidas más extremas. Al principio, no entendía la magnitud de la situación, tenía miedo por mi familia, me preocupaba que pudieran enfermar.

A pesar de todos los miedos que me invadían, por mi mente jamás pasó el regresar anticipadamente, sabía que había adquirido un compromiso y debía cumplir con él. Además de estar preocupado por la contingencia, me preocupaba la convivencia diaria con mis compañeros. Estar encerrados todos los días, todo el día no resultaría sencillo.

Afortunadamente la convivencia funcionó día con día, y no solo eso, iba descubriendo poco a poco todas las similitudes que compartía con cada uno de ellos, escuchaba sus interesantes historias, sus experiencias, y también sus más profundos miedos y tristezas. Durante la pandemia, la cocina se convirtió en uno de los dos ejes de nuestra convivencia, hicimos el hábito de almorzar los cuatro juntos, ahí compartíamos experiencias, los sabores y olores que nos recordaban a la familia, recetas que pasaban de generación en generación, etc. Además pude descubrir un poco de Chile, gracias a los sabores que Tanya llevaba a la mesa.

El otro eje fue el ejercicio. No me considero una persona apasionada por los deportes y eso incluye el ejercicio, sin embargo, Karina con su amor por la actividad física nos contagió, a lo largo de los meses intentamos ser lo más disciplinados posible, el ejercicio llegó a ser parte de nuestra rutina, por lo que comenzamos a notar cambios importantes en nuestros cuerpos, en nuestros estados de ánimo, lo cual, ayudó a minimizar el encierro.

Un día de mayo, en una reunión estratégica con el equipo de América Solidaria Colombia, los Socios Territoriales y el equipo de voluntarios, diseñando estrategias para poder seguir trabajando durante la pandemia nos percatamos del importante aumento de casos de violencia intrafamiliar reportado por diversas organizaciones y por estadísticas gubernamentales.

Aunado a esto, el número de casos de violencia hacia niños y niñas denunciados se había mantenido a la baja principalmente porque la mayoría de los casos denunciados proviene de escuelas, guarderías y otros centros de atención que por la pandemia se encontraban cerrados.

La contingencia nos tomó por sorpresa, evidenció lo ya existente, los problemas sociales que miles de familias enfrentan día a día, las desigualdades económicas, la violencia de género y la falta de acceso a servicios de salud dignos. Todas estas realidades me permitieron darme cuenta de lo privilegiado que era de tener un espacio donde vivir, qué comer y que mis seres queridos estuvieran sanos. Por lo que me impulsaba aún más a seguir trabajando.

Día a día se ponía a prueba nuestra capacidad de adaptación ante la vida y el proyecto, me di cuenta que en esos momentos el ser voluntario resultaba ser más complejo, lejos de la familia y los amigos en una situación tan insólita. Entre todos los voluntarios y voluntarias de ASCOL misión 2020 nos convertimos en una nueva familia, a pesar de las diferencias culturales que existían, había lazos más fuertes que nos unían.

El día de la despedida pude comprobar que en estos meses se tejieron lazos muy fuertes entre los voluntarios y el equipo de ASCOL, recibí palabras muy lindas de cada uno de ellos. Comprobé que a pesar de la distancia, las convicciones, las creencias, la empatía y el trabajo lograron unirnos. Ser voluntario, sin duda, es una gran experiencia de vida.

Por Saul Zamora García
Ex voluntario América Solidaria Colombia.

 

* Este escrito es parte de los textos postulados al concurso “Leonor Villaveces: memorias del voluntariado”. 

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