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Las escuelas son mucho más que un espacio de aprendizaje. Y aunque se suele creer que sólo cubren la necesidad formal de “enseñar”, en muchos casos —sobre todo en los sectores de mayor riesgo social— son también un espacio de acogida, de acompañamiento y de comprensión para muchos niños, niñas y adolescentes que han sido vulnerados o excluidos por el sistema en su totalidad.

La pandemia les afectó directamente y muchas de ellas tuvieron dificultades para seguir enseñando. Tanto profesores como estudiantes se encontraron con la abismante brecha digital —con mayor énfasis en los sectores más rurales—, además de vivir con el estrés y angustia que provocó la pandemia más grande que se ha vivido en cien años y la crisis que trajo con ella. 

Ese escenario, que agudizó con aún más fuerza los efectos de la desigualdad en los niños y niñas, también provocó cambios y adaptaciones en nuestro trabajo. Creamos el voluntariado de emergencia, con voluntarios locales y enfocados a apoyar a organizaciones con problemas puntuales que ocasionó la pandemia en la niñez. Así, una de nuestras prioridades es apoyar y potenciar proyectos enfocados en evitar o disminuir el rezago escolar. Según cifras del Ministerio de Educación, casi un 50% más de niños, niñas y adolescentes estarán fuera del sistema escolar como consecuencia de la crisis sanitaria. A su vez, también nos centraremos en la salud mental, otra de las principales problemáticas que se agudizaron durante el encierro.

Una de las organizaciones que apoyamos es la Corporación Educacional Paulo Freire, una red de establecimientos educacionales de la cuarta región orientada al desarrollo de proyectos educativos y de innovación para comunidades en situaciones de vulnerabilidad y docentes en escuelas públicas y/o gratuitas. Actualmente, a través de su trabajo, han alcanzado a 65 escuelas de la región. A la fecha, además, involucra a 12.800 niños y niñas de escuelas públicas y 1.300 docentes, además de cerca de 30.000 beneficiarios indirectos entre familias, organizaciones sociales y comunidades.

—Es fundamental trabajar en regiones porque los programas que existen, en general, no suelen contemplar estos sectores. Hoy aportamos a la descentralización, trabajando directamente en los territorios —dice Loreto Herrera. Ella es profesora de Historia, Geografía y Ciencias Sociales y, al igual que Belen Valdivia, psicóloga educacional, es voluntaria de América Solidaria en la red educacional Paulo Freire. 

Actualmente, su trabajo es generar redes de trabajo e involucrar a los diversos actores de las comunidades en la atención de la salud mental de quienes conforman las distintas escuelas. El objetivo es que esta sea considerada una prioridad y una temática clave para atender a los niños, niñas y adolescentes, y sus familias. 

No es la primera vez que América Solidaria trabaja con la Corporación Paulo Freire. Este proyecto, de hecho, es la continuidad de uno ejecutado entre agosto y noviembre en la región, donde se formaron equipos de profesionales para atención socio-emocional a la niñez, entendiendo las problemáticas generadas por la pandemia. 

—Desarrollar este tipo de intervenciones es importante porque se centra en toda la comunidad que rodea al sistema educativo, y sobre todo porque tiene su foco en la contención emocional que ha sido profundamente afectada en este tiempo —cuenta Herrera, quien participa por segunda vez en este proyecto. Y finaliza: —hemos estado trabajando también en el apoyo a los docentes, en su autocuidado. Por eso también volví a postular: porque la primera vez trabajamos en planes socioafectivos para el retorno a clases y ahora podemos profundizar el trabajo de salud mental en las escuelas.

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