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En tiempos de coronavirus, unirse para abordar los desafíos de la niñez sigue siendo la clave para nuestro trabajo. Así, y conscientes de que la pandemia agudizó —y seguirá agudizando— las desigualdades y exclusiones que viven los niños y niñas, creamos un programa de voluntariado profesional para apoyar iniciativas que combatan los efectos que ha tenido esta emergencia en niños, niñas y adolescentes.

Hace dieciocho años que el modelo de trabajo de América Solidaria consiste en la cooperación en red: nos aliamos a organizaciones que trabajan en el territorio, con y por la niñez, y ponemos a disposición profesionales voluntarios de todo el mundo, que donan un año de sus vidas al servicio de las necesidades que se requieran para disminuir las vulneraciones y exclusiones de la niñez en Chile y el continente. 

Hoy, sin embargo, el escenario cambió. Si bien mantenemos nuestro trabajo —53 profesionales voluntarios están trabajando remotamente  en los distintos proyectos—, la pandemia mundial nos empujó a crear nuevas formas para llegar a los territorios, conscientes de que los niños y niñas si son población de riesgo, y que son y serán de los grupos más invisibilizados y golpeados por los efectos de la pandemia: según la CEPAL, este año la pobreza infantil superaría los 80 millones de niños, niñas y adolescentes en nuestro continente. 8 millones más que a finales del año pasado.

Por eso, durante junio, lanzamos una nueva convocatoria de Socios Territoriales —organizaciones territoriales a las que nos aliamos para llegar a la niñez—, con el propósito exclusivo de abordar las problemáticas que la pandemia está generando en los niños, niñas y adolescentes más excluidos. Este trabajo durará cuatro meses y será a través de profesionales voluntarias/os que residen en Chile, entendiendo que los traslados internacionales suponen riesgos que no podemos correr. 

Actualmente, fueron seleccionados cinco nuevas organizaciones, que tienen en común el trabajo con grupos especialmente olvidados durante esta pandemia (niñas, niños y adolescentes en zonas rurales, que viven en residencias y LGTBIQ+). Cada proyecto cuenta con dos profesionales voluntarios de la zona: Fundación Todo Mejora Chile —trabaja con niñas, niñas y adolescentes de las comunidades LGBTQI+ en Santiago—, Corporación Crecer Mejor —residencia de niñas colaboradora del Sename de La Pintana, en Santiago—, Corporación Educacional Paulo Freire —red de escuelas en la Cuarta Región—, Fundación Infancia Primero y World Vision Chile. 

Loreto Herrera es psicóloga comunitaria y una de las profesionales voluntarias que apoyará el trabajo de la Corporación Educacional Paulo Freire. El proyecto está enfocado en atender las necesidades de contención social y emocional de los niños, niñas y adolescentes afectados por la pandemia de las más de cuarenta escuelas de la red. El trabajo que realizarán lo explica así:

—Se contemplan tres fases fundamentales: la formación de equipos de trabajo para intervenir en tiempos de crisis y promover la contención emocional; el desarrollo de acciones de acompañamiento y de identificación de problemáticas en las escuelas, comunidades y localidades, y el apoyo para crear y luego aplicar el plan de retorno a clases —dice, y agrega:—Es clave realizar este tipo de intervenciones porque se centra en toda la comunidad educativa, generando un trabajo muy amplio, pero sobre todo porque aborda la contención emocional de los niños y niñas, que se ha visto particularmente afectada en este tiempo. 

Marcia Valdés es directora de la residencia de niñas de la Corporación Todo Mejora, en La Pintana, una organización colaboradora del Sename que tiene como objetivo trabajar con y por las niñas que han sido profundamente vulneradas en sus derechos. Este proyecto se centrará en el apoyo escolar. 

—Por la negligencia que ha existido existe un alto retraso escolar, pero también en su aprendizaje, por temas de motivación, apoyo o porque en muchos casos no ha habido un adulto que refuerce el trabajo educativo. En la cuarentena han cursado el año a través de guías y trabajos, y eso ha significado un desmedro tremendo en su proceso de formación escolar, dado que ya corrían con una desventaja —dice.

Así, dos profesionales voluntarios centrarán sus esfuerzos en entregar el apoyo escolar que requieran, generando las rutinas dentro de las residencias, realizando talleres que mitiguen el retraso escolar, entre otras cosas. Hacer ese trabajo, explica Marcia, es de suma relevancia, ya que el déficit escolar repercute en sus procesos afectivos, como su autoestima, su autovalía, la frustración de no poder aprender. 

—Una de las dificultades que ha tenido el sistema de protección es no tener un sistema de protección integral, donde existan varias instituciones o áreas que se unan para construir un tejido de red que le proporcione a las niñas y niños las necesidades que requieren. Independiente de que nosotros como organización tenemos muchas ganas y motivación, no siempre logramos dar respuesta a todo lo que se requiere. Ante eso, trabajar juntos me parece fundamental.

 

 

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