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La pandemia ha significado cambios repentinos y complicados, especialmente en educación. Han sido muchos meses de incertidumbre para toda la población, incluido para los adolescentes. Se agudizaron prácticamente todas las brechas que ya existían: la social, la cultural, la económica e incluso la tecnológica, generando profundas consecuencias en el aprendizaje para aquellos niños, niñas y adolescentes que ya vivían otras desigualdades y exclusiones. 

Pero la emergencia sanitaria, que nos enrostró lo poco preparado que estaba el sistema educativo chileno para estos tiempos, también significó una oportunidad. Muchas organizaciones —como Educación 2020, Unicef y América Solidaria, a través del programa Recreando el Aprendizaje en Pandemia—  optaron por abrir espacios de diálogos y de posibles soluciones en conjunto con diferentes actores de la educación, incluyendo en éstas a los estudiantes. Eso me dio mucha esperanza, pero también me entristeció, pues sigue sigue un desafío profundamente pendiente: para muchos de ellos era la primera vez que les preguntaban qué pensaban, qué sentían o qué ideas tenían. 

Los adolescentes estamos dentro de una rutina tan monótona, tan fugaz, que quizás recién en ese espacio me pregunté en qué momento se normalizó que nuestra educación sólo se centrara en el adulto. Una educación de robots, de tomar apuntes y de rendir. Una educación donde el cómo me siento yo como estudiante estaba en un segundo o tercer plano. 

"Somos una generación que quiere aportar y construir en conjunto un país que te impulse a ser más que una nota, que te permita soñar y que, sobre todo, deje en claro que eres valioso"
Charlotte Milling
17 años

Hoy vemos diferentes desafíos urgentes de abordar: la brecha digital, la salud mental, la forma en que nos califican y nuestra participación efectiva. Dentro de estos, además, destaco principalmente dos temas que no suelen ser nombrados, pero demuestran la riqueza que tiene mirar las cosas de diferentes maneras. Primero, el centralismo en las decisiones: debe existir un trabajo en terreno, una mirada real de lo que realmente ocurre en cada lugar. Es inaceptable que se tomen las mismas medidas para alguien de Santiago, de una zona urbana, que para alguien que, como yo, vive en la Región de Los Ríos y gran parte de la población está en zonas rurales. Y, segundo, creo fundamental que tienen que existir diferentes métodos de enseñanza y evaluación, que nos permitan aprender a todos, sin pruebas estandarizadas ni sólo calificaciones numéricas, sino reales valoraciones. 

Ninguno de estos desafíos son fáciles de abordar. Poder refundar una educación con fallas sistémicas no es tarea fácil. Lo que vemos hoy no son problemas nuevos ni provocados sólo por una pandemia, sino producto de un sistema educativo que busca aprobar, pero no siempre enseñar y aprender. Pero, tal como señalé más arriba, también se abrieron oportunidades, sobre todo en los diálogos y conversaciones de distintos actores que, tal como yo, buscábamos transformar nuestra educación. 

En esas conversaciones, que nacieron desde el impulso de ONG como Educación 2020, Unicef y América Solidaria, y que contó con la participación de diversos representantes de la educación, surgieron diferentes propuestas que fueron presentadas al Ministerio de Educación: Lograr una educación inclusiva y flexible, atendiendo y entendiendo las distintas realidades de estudiantes, familias y profesores; Crear un Plan de Presencialidad diverso, de acuerdo a las circunstancias locales, y un Sistema de vuelta a clases híbrido y opcional; Contar con un currículum autónomo y centrado en la elección de los estudiantes, de su futuro y potenciar sus capacidades; Garantizar un Acceso Digital Igualitario y, por último tener un sistema de calificación que considere la participación de los estudiantes. 

Participar en espacios donde mi opinión sí contaba, y donde me pude nutrir de otros, me dio la oportunidad de ser parte, de contribuir al cambio. Hoy sé que mi voz importa, que podrá ayudar e inspirar a mejorar la sociedad donde vivimos. Pero debemos seguir trabajando para que casos como estos no sean una excepción, sino la regla. Los adolescentes hemos sido dejados de lado incluso en las decisiones que nos afectan directamente a pesar de ser un derecho establecido en 1989 por la Convención de los Derechos Del Niño, ¡que Chile ratificó un año después!—, pero depende de todos nosotros cambiar eso. 

Hoy la pandemia lo transformó todo, pero a los adolescentes también nos dio la oportunidad de derrotar ese estigma de que nada no importa, y también de acabar con el miedo a escucharnos. Somos una generación que quiere aportar y construir en conjunto un país que te impulse a ser más que una nota, que te permita soñar y que, sobre todo, deje en claro que eres valioso. Que eres el futuro, pero que también eres el presente.

Charlotte Milling tiene 17 años y es estudiante de cuarto medio del colegio Santa Cruz, de Río Bueno, en la Región de Los Ríos. Es parte de la red de adolescentes Mi Voz Cuenta y fue una de las participantes del programa Recreando el Aprendizaje en Pandemia, que buscó recopilar opiniones e ideas sobre cómo volver a aprender en la emergencia sanitaria.

One Reply to “Charlotte Milling, 17 años: La educación (y el Chile) que quiero”

  1. Gabriela Pantoja dijo:

    Así es, la pandemia ha profundizado las profundas desigualdades y el riesgo social de niños y adolescentes, comprometiendo el futuro de América Latina.

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