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Mi nombre es Angeline Morgado y tengo quince años. Hace tres años, cuando tenía apenas doce, llegué a vivir a Chile desde Venezuela con mi familia. Yo no escogí migrar, al contrario: tenía mucha incertidumbre, miedo a empezar de cero, de no conocer a nadie, no entender la cultura. Pero sí me emocionaba viajar, salir del país, subirme a un avión. Nunca lo había hecho. Cuando llegué, me convertí en “la nueva”. Una vez me molestaron en la escuela y entendí que aquí siempre sería “la extranjera”.

Al principio fue duro: vivíamos en un espacio muy pequeño y  todos los meses debíamos terminar de pagar algo como la nevera o el mes de garantía. Muchos chilenos nos miraban con desprecio, pero muchos otros nos apoyaron. Uno de ellos fueron los integrantes de la Fundación Regazo, apoyada por los voluntarios de América Solidaria. Le proporcionaron un jardín infantil a mi hermano pequeño y yo comencé a participar en MigraLab, un laboratorio social de experiencias migratorias que tiene talleres y actividades interculturales —de arte, de microcuentos, de bordado fotográficos— en el barrio de Independencia, donde vivimos con mi familia. Allí pude conocer lo que han vivido otras adolescentes como yo, pero también compartir con chilenas. Pude aprender de otras experiencias y también contar la mía. Eso fue tremendo: siempre había escuchado sobre lo difícil que era encontrar trabajo, pagar las cuentas, pero nunca lo que había vivido otra adolescente cuando entró a un nuevo colegio, o el intentar encajar en un grupo de amigas. En las largas conversaciones que tenemos solemos llegar a una conclusión: si la sociedad dejara de creer que las diferencias nos separan, si fuéramos más tolerantes, tendríamos mejores comunidades. 

Hablar de política, siendo de Venezuela, nunca fue fácil. Generalmente reinaba el silencio; nadie quería arruinar una conversación para discutir sobre el régimen. En Chile, además, preferíamos no comentar nada, pues siempre se corría el riesgo de sumar otro prejuicio. Pero cuando cumplí dos años estando acá, Chile “estalló” socialmente. Eso también fue un despertar para mi, y lo conversamos y reflexionamos en los talleres con otras adolescentes migrantes y chilenas. Todas teníamos opiniones distintas, pero eso me ayudó a formar mi propia opinión: fue la primera vez que entendí que Chile no era tan “perfecto” —rico, estable, sin desigualdad— como nos decían y nosotros repetíamos. Entendí también que existían muchas heridas de la dictadura que tuvieron y que nada se distribuye como yo suponía. Creo que hoy el pueblo chileno solo pide lo que debería tener. Por eso también estoy a favor de cambiar la Constitución y no logro entender por qué podrían llegar a comparar este país con Venezuela si ganara esa posición en el plebiscito. No tiene sentido para mi porque Chile no se parece a Venezuela.  

Tengo quince años y hoy me gustaría no sólo opinar en política, sino también participar. Sin embargo, ninguna ley ni norma piensa que soy capaz de hacerlo. Y no soy la única: muchas adolescentes también se han instruido, tienen voz, tienen ideas, pero son muy pocas las personas que creen que merece la pena escucharnos.

Los jóvenes migrantes y chilenos nacimos en un mundo que fue construido con las decisiones de nuestros abuelos, de nuestros padres. Nos arrojaron en una sociedad clasista, que discrimina profundamente, pero entendimos siendo muy pequeños que el cambio consiste en crear conciencia y luego acciones para cambiar las leyes y regulaciones. De eso también nos dimos cuenta en las conversaciones que tuvimos en Migralab, y comencé no sólo a ver cambios en mi sino también en lo que nos rodeaba: planteamos nuestros puntos de vista en el liceo, con los profesores y directivos, y logramos cambios pequeños, pero significativos —como el tener actividades interculturales que no sólo hablen de “comidas típicas” o del “folklore”, sino de reflexiones más profundas— que han permitido promover visiones distintas, más inclusivas.

Siempre nos dicen que “somos muy pequeños para entender”, pero nadie es muy “pequeño” para cambiar las cosas que no están bien.  Nosotros también las vivimos, las cuestionamos, y podemos trabajar para que los “pequeños” que vendrán después de nosotros tengan vidas más dignas, poderosas y justas.

 

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