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Se cree que ya no existen, pero siguen allí. Los internados actualmente representan alrededor del 8,8% del sistema escolar y muchas veces son cruciales para niños, niñas y adolescentes, especialmente en las zonas rurales y alejadas de las grandes ciudades, cuyas oportunidades para estudiar suelen ser escasas. Por eso, uno de nuestros proyectos en América Solidaria consiste en trabajar en esos lugares y aportar al trabajo que se hace.

En 2018, en conjunto con la fundación Misiones de la Costa, y a través de su colegio internado Misión San Juan, en la costa de Osorno, comenzamos un trabajo cuyo fin era —y sigue siendo, aunque adaptado al actual contexto— influir positivamente en cómo esos niños, niñas y adolescentes, la gran mayoría de ellos huilliches, se percibían así mismos, abordando sus autoestimas y concepciones personales. Además, según la última Casen, San Juan de la Costa es una de las comunas con mayor pobreza en Chile, donde el 53% de sus habitantes vive en situación de pobreza multidimensional, y también una zona con alta concentración de femicidios. 

Por entonces el diagnóstico era claro, pero preocupante: los datos decían que aproximadamente el 25% de ellos tenía algún problema psicosocial diagnosticado, como depresiones, problemas familiares severos o de drogadicción. Así, en marzo de ese año llegaron los primeros profesionales voluntarios de América Solidaria para que, en conjunto, realizaran talleres que abordaban a sus familias, el respeto, compañerismo o la solución de conflictos, además de actividades para mejorar su autoestima o el buen uso de su tiempo libre, como clases de danza, de arte, entre otros. 

—Este proyecto busca apoyar la educación y acompañar a los niños, niñas y adolescentes del internado para contribuir a la buena convivencia y la formación integral de ellos, entregándoles herramientas diversas herramientas para convivir, conocerse y también para pensar y abordar sus proyectos de vida —dice Daniela Herrera, profesora, colombiana y profesional voluntaria de América Solidaria desde marzo de este año. 

A dos años de iniciado el proyecto los resultados son prometedores: los indicadores, tanto de autoestima como de convivencia, han avanzado significativamente, teniendo mejoras positivas en ambos casos. Nuestra intervención, sin embargo, hoy ha cambiado a raíz de la pandemia mundial que estamos viviendo. Si bien nuestro trabajo era directamente con los niños y niñas, conviviendo a diario en el internado, actualmente el trabajo de nuestros voluntarios es totalmente remoto. 

—Hoy estamos enviando distintos tipos de cápsulas radiales: algunas para enseñar sobre el manejo de las emociones y la importancia de la buena comunicación, y otras para apoyar en el contenido que entregan los docentes —explica Daniela, y agrega: —También realizamos un periódico escolar, dirigido para niños y apoderados, sobre la comunicación asertiva, herramientas de aprendizaje y hábitos de estudio. 

El trabajo, sin duda, no ha sido fácil: muchos estudiantes no cuentan con acceso a internet en sus casas o es escaso, además de vivir en zonas apartadas y a las que es muy difícil llegar dificultando el acompañamiento constante que se hacía. 

—Pero hemos ideado las formas para comunicarnos y seguir apoyando. No es opción dejar de trabajar por y con ellos —dice Herrera.

Hoy son tres los profesionales voluntarios —un comunicador social, una psicóloga y una profesora de filosofía— que siguen impulsando el proyecto en el sur de Chile de forma virtual, conectados con el equipo directivo, profesores, familias y estudiantes, convencidos de que otra realidad es posible. 

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