Colombia 02-01-2020

Concurso Memorias del Voluntariado, "Un faro para la Transformación", de Esteban Vargas

Esteban Vargas Montero, de Costa Rica, hizo su voluntariado en Guasca, Colombia entre 2017 y 2018, específicamente en la Organización Pro Niñez Indefensa (OPNI), socio territorial de América Solidaria Colombia. 

Hoy, de vuelta en su país, quizo contarnos desde la emocionalidad, cómo vivió su voluntario entregándolo todo por ser parte del proceso transformador de cientos de niños y niñas. Su relato fue parte del "Concurso Memorias del Voluntariado" y fue reconocido por el Consejo de Voluntariado de América Solidaria, en la celebración de los 10 años de la fundación en Colombia, realizada el 11 de diciembre pasado. 

A continuación, la experiencia de Esteban: 

Cambiar, modificar, alterar y mutar; son algunas palabras que hacen referencia, de forma muy
sencilla, al efecto de transformar. Se vive en constante cambio. Natural, química y biológicamente se
evoluciona. La sociedad genera cambios, exhorta cambios, incita a los procesos de metamorfosis
colectivos. Yo, hablo de transformación, viví la transformación.
Hay quienes hablan de ayudar, colaborar, donar, impulsar o empoderar cuando se refieren al
voluntariado, otros vivimos en voluntariado. Tomamos la decisión de dejar lo que nos resulta más
cómodo a cambio de vivir una experiencia inigualable que lleva consigo, crecimiento personal,
profesional, espiritual y la posibilidad de incidir positivamente en la vida de personas que tienen
diversas necesidades. Que atraviesan momentos más difíciles que nosotros y que por alguna razón,
han quedado expuestas ante la sociedad. Hablamos de poblaciones americanas, que podrían tener
dos caminos: continuar con su estilo y ritmo de vida o hacer una variación (pequeña o grande).
Las experiencias de vida que más calan en las personas, son aquellas que están llenas de
aventuras y emociones, cual parque de diversiones que abre sus puertas a quienes están dispuestos
a entrar a la “Casita de Sustos”, a la “Montaña Rusa de la Incertidumbre”, a las “Sillas Voladoras de
Felicidad”, al “Splash de la Inseguridad” o al recorrido en la “Barca del Amor Incondicional”.
El vivir un año en un proceso de voluntariado no fue más que, comprar el tiquete para abordar
esa “Barca del Amor Incondicional”, salirse de lo que simplemente podía ser un recorrido y animarse
a navegar en aguas desconocidas, a tener la capacidad de ver más allá de lo que solemos ver, de lo
que nos han dicho que veamos. No existen instituciones que formen a un voluntario para que pueda
enfrentarse a lo que implica esta labor; no se nace con el chip incorporado y configurado para actuar
en casos de tomar la decisión de servir a una causa; pero, cuando se toma esa decisión, cambia la
vida: la propia y la de los demás. Ahora, la barca navega por ese mar de desconocimiento sobre lo
que significa ser voluntario, empero, con rumbo a un destino soñado, pretendido y anhelado.
Las tormentas mueven esa barca. No se ha dicho ni se dirá en este escrito que la labor es
sencilla. Enfrentarse a una vida austera, a la convivencia desde la multiculturalidad, al abandono de
juicios y expectativas que sobrecargan la barca; no es una tarea que logre realizar el mejor marinero
en un chasquido de dedos. Sin embargo y no en vano, se han adaptado algunos refranes de orden popular que, dan esperanza a encontrar calma luego de las tormentas...y así la barca continúa
navegando.
No es el Titanic, no es un crucero, ni un barco pirata; es la barca, construida con las mejores
piezas, las más finas herramientas se utilizaron en ella; los valores inculcados por las familias, el don
de servicio, las ganas de incidir públicamente, de romper esquemas, de dar y recibir amor, de
transformar con el corazón, de impulsar y posibilitar mejores condiciones de vida; decoran esa
embarcación y permiten mantenerla a flote, esquivando miedos, inseguridades y mirando al punto de
destino final.
Llega un punto durante la exploración, en el que, estar en un país distinto, conocer su cultura,
sus hermosos paisajes, riqueza culinaria, su gente y su comportamiento; son toda una aventura. Y de
pronto aparecen en cántico de sirenas que distraen del objetivo que tiene la misión. La decisión podría
parecer sencilla de tomar; pero esas sirenas enamoran y atrapan. No, no se trata de un paseo a otro
país. Se trata de aportar, de navegar, de aceptar la transformación propia para transformar a los demás
y es allí donde la barca sufre de las inclemencias del viaje, pero con determinación se logra apartar
de las sirenas para concentrarse en la misión.
¿Cómo pretender que un proceso de voluntariado no vaya a mutar las células de un cuerpo
que ha tardado más de 20 años en construirse? ¿Qué tan sólida podría ser esa construcción? ¿Y
entonces cuál era el objetivo? ¿Cuánto falta? ¿Hasta ahora cuáles son los resultados? ¿En qué
momento cambió mi acento? Son algunas preguntas que llegan como olas y mueven la barca.
Con rumbo, con ritmo, entusiasmo y al son de la solidaridad sincera; continúa la barca. El
contexto social se comprende mejor, surgen decisiones más ecológicas, las sonrisas de las personas
beneficiadas nos permiten continuar. Se crean conexiones con esas personas, ahora más que nunca
se tiene claridad de que la misión está generando frutos. Con creatividad y pasión, nacen nuevas
formas de abordaje de esa realidad por la que se está navegando. Con más seguridad se suelta el
nudo de las vendas que ciegan la mirada de quienes están inmersos en el proceso. Cada día se
disfruta más de la navegación y se encuentran formas para optimizar el viaje.
El proceso de transformación avanza y permea; nos transformarnos para transformar. Con
nuestro cambio, la familia, los grupos cercanos de apoyo y quienes escuchan nuestra experiencia
también cambian. Resulta similar a una epidemia, pero en este caso, en una connotación positiva y posibilitadora. Se enciende una vela. De pronto, esa luz pequeña y con poca fuerza, nos despierta la
esperanza.
Surgen consigo ideas y apoyos de diversas índoles. Como el grupo de navegantes que
ondean una bandera con los colores azul, blanco y rojo y portadores de mucha paz. Dicho grupo se
enlista y apoya la misión, se contagia del proceso de transformación que facilita el voluntariado. Caras
de alegría, muchas sonrisas, asombro, nuevos aprendizajes y agradecimiento de la población
beneficiada es lo que resulta de esa amalgama que generó la alianza realizada con los “ticos”.
Encendemos juntos varias antorchas que son colocadas en toda la barca.
Ya no es una barca con una pequeña luz que navega en medio mar, ahora, la barca lleva luz,
lleva amor incrementado y esperanza de contagiar, de crear un mejor mundo.
Los resultados siguen palpándose. Las emociones van y vienen en racimos. El voluntariado
se ha hecho una forma de vida, la conexión con las personas nos insta a dar lo mejor de nosotros. El
orgullo de representar a un país, de aportar y de mover fibras, es la consigna que nos hace tener más
energía cada día.
La barca poco a poco se acerca a su destino, luego de atravesar fuertes corrientes marinas,
de esquivar obstáculos, de sobrevivir a las que podrían ser las más extremas condiciones de ambiente.
Una nueva realidad se está creando. Se divisan en el mar, varias barcas, con otros tripulantes que
también decidieron vivir en voluntariado, todos con antorchas. El mar, se enamora del cielo estrellado
y reproduce su luz mediante las antorchas.
Ahora, hay más navegantes, capaces de llevar un mensaje a su país de origen, de crear
nuevos contextos partiendo de las experiencias vividas, de entender mejor a la sociedad y
comprometidos con el cambio permanente en todo el continente americano. Navegantes que buscan
la superación de la pobreza, que creen en el trabajo mancomunado, que cooperan en las distintas
agendas de trabajo. Bajo la mirada de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, proyectos particulares
regionales, proyectos país y de cooperación internacional, alzan la voz para incidir en la sociedad,
para tener miradas más críticas y contundentes ante la actualidad que permea pero que no nos pasa
de largo.
Concluyen la misión y juntos se acercan a una estructura, es gigante, es fuerte, construida por
soñadores. Llegan hasta ella con sus antorchas y encienden una inmensa luz, que es capaz de avistarse a lo largo y ancho del mar. Es un faro; un faro que guía, que proyecta. Es el faro del
voluntariado, que persigue procesos de transformación desde el amor, desde la solidaridad y
compromiso con los valores, con el respeto por el ser.
Habilidades de vida, competencias técnicas, emprendimiento, fuerza ante la adversidad,
entendimiento de las facticidades de vida; son los motores de la transformación, presentes en la
experiencia entregada en la misión del que navegó y abajo firma.

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