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Hace unos años comenzó una alianza clave para nosotros que nos permitió llegar a más niños, niñas y adolescente en Chile. A través del trabajo con Fundación San José para la Adopción pudimos conocer el trabajo que se hace con la niñez que está en proceso de adopción, específicamente en la Casa Belén —Vitacura— y Santa Bernardita, en pleno centro de Santiago.

 

Así, durante tres años, distintas profesionales voluntarias —algunas de Argentina, España o Colombia— trabajaron de la mano de las cuidadoras de trato directo, las personas que tienen mayor trato con los niños y niñas durante su estadía en los hogares. Se incursionó en distintas metodologías, que incluyeron talleres para las cuidadoras, donde hablaron de lo que vivían a diario y que culminó con un libro de cuentos llamado “Cuenta conmigo”, recopilando distintos relatos sobre sus vivencias. Además, se realizó un trabajo fundamental con la Universidad Católica, donde dos académicas apoyaron en la instalación de los videofeedback en las residencias, que consistió en grabar las interacciones de las cuidadoras de trato directo con los niños y niñas, para que después ellas misma conozcan cómo interactúan con ellos y puedan ver qué cosas mantendrían y cuáles cambiarían.

Mónica Espinoza, asesora técnica de la Fundación San José, y nuestra contraparte en esta alianza, conversó con nosotros sobre este tiempo de trabajo en conjunto:

—¿Cómo fueron estos tres años?

—Ha sido una experiencia interesante y gratificante, de mucho aprendizaje y con resultados concretos. Si bien fue una alianza con la que nos costó armonizar al principio por el desafío concreto de incorporar profesionales voluntarios a los equipos de trabajo de la fundación, desde el segundo año fuimos logrando darle forma y finalmente lograr un trabajo en conjunto y complementario.

—¿De qué manera impactó el trabajo de los voluntarios/as?

—El proyecto buscó visibilizar el rol de las cuidadoras de los niños y niñas en las residencias, identificándolas como el grupo principal de potenciación del desarrollo de los niños que residen allí, entendiendo que con ellas se posibilita el primer contacto afectivo cariñoso desde donde el niño/a puede encontrar la confianza base para explorar y desplegar sus recursos y potencialidades, que en ambientes menos cuidados/cariñosos se ven truncadas. De esta manera, podemos dar cumplimiento a la principal función como alternativa de cuidado para esta población que ha sufrido vulneraciones tempranas, mermando las consecuencias que la condición de institucionalización provoca en el desarrollo infantil. Lograr establecer metodologías de capacitación dirigidas especialmente para las cuidadoras para dicho objetivo, contando con profesionales que destinaron su tiempo para aquello, es el principal resultado que nos deja la alianza.

—¿Qué queda pendiente para el futuro?

—Los desafíos siguen en la línea de incidir para mejorar las condiciones de desarrollo de la primera infancia, desde un enfoque de derecho, garantizando la promoción del bienestar de éstos, y la atención de calidad cuando sea necesario abrir espacios de cuidado alternativo.

—¿Por qué crees que es importante que existan este tipo de alianza y fundaciones que trabajan por el bienestar de los niños y niñas? 

—En Chile, y en Latinoamérica, existe un porcentaje importante de niños y niñas que vive en condiciones de alta vulnerabilidad, ante la cual el estado no ha dado suficiente respuesta para su abordaje. En ese escenario la alianza entre instituciones suma para colaborar con este objetivo, desde una instancia más inmediata, y en paralelo, con miras a cambios profundos. La mirada común, entre ambas fundaciones, es el reconocimiento del niño como sujeto de derecho sin condiciones.

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