Terremoto en Ecuador: despertando desde la esperanza

Ecuador
Tras un recorrido por las zonas más afectadas por el reciente sismo, el presidente ejecutivo de América Solidaria, Benito Baranda, subraya la necesidad de que la sociedad civil esté "atenta para acompañar desde el primer momento" a quienes más sufren por estas catástrofes.

La madrugada del viernes 29 de abril salimos con dirección a Puerto Viejo desde Monte Sinaí (la parte alta y periférica de Guayaquil), íbamos en el auto Francisco Ramos (voluntario), Luis Távara (director social del Hogar de Cristo) y yo. Fue un trayecto por parajes verdes, con abundante vegetación, que con el paso de los kilómetros nos iba enrostrando las huellas del terremoto de magnitud 7,8 ocurrido hace unas dos semanas y que trajo destrucción y 659 víctimas mortales. En los costados de la carretera se veían las primeras personas y familias que llamaban la atención con botellas de plástico solicitando ayuda. Postes caídos, cables cortados, extensos sectores sin agua potable y los signos concretos de los primeros apoyos ya se manifestaban; en efecto, en las antiguas dependencias de la fábrica de casas de caña del Hogar de Cristo de Puerto Viejo (que ya no funcionaba), la Vicaría de Pastoral Social y Cáritas habían montado una improvisada bodega de acopio y distribución de donaciones. Allí, una treintena de voluntarias y voluntarios colaboraba con mucho entusiasmo en la tarea de descargar, clasificar y despachar lo necesario a los diversos sectores del extenso territorio afectado.

En las primeras conversaciones sostenidas con el vicario social de Puerto Viejo, identificamos las zonas geográficas donde era urgente actuar: lugares apartados, por lo general rurales o en la periferia de los centros urbanos. Nuestro interés era contar con unos cuatro de éstos donde comenzar a trabajar desde la próxima semana con 400 voluntarios ecuatorianos que se estaban capacitando en Guayaquil. La idea era contactarse con las familias y comunidades afectadas de esos sectores, y en conjunto con ellos aplicar una encuesta concordada con otras organizaciones (entre ellas Techo) para levantar un catastro y poder actuar pronto de manera planificada en la construcción de viviendas de caña (de dos pisos).

Rápidamente nos trasladamos a Flavio Alfaro, un pueblo  más al norte donde en plena plaza se armó una improvisada reunión de la cual salieron las localidades por las cuales se comenzaría a trabajar: La Crespa (Flavio Alfaro), El Carmen (y sus cercanías), La Chorrera (al sur de Pedernales) y San Juan  (Manta) ¡Cuánto vale la información directa de quienes están diariamente con las comunidades!

Flavio Alfaro tenía construcciones dañadas, el mismo Municipio estaba destruido en su último piso y en un costado; otras casas ya se habían demolido y en varias calles se veían los montones de ladrillos y bloques de cemento apilados bloqueando el paso de los vehículos. No observamos la presencia de organizaciones sociales o estatales que ya estuviesen trabajando de manera intensa,  y en la reunión posterior sostenida con el Párroco éste confirmó la poca ayuda recibida en las localidades más aisladas; ratificó la importancia de trabajar con celeridad en las zonas escogidas y nos pidió asegurar que la cooperación llegaría y que no sería un ‘puro cuento’.

Nos dirigimos ya al atardecer a Manta, y la vía de acceso a la ciudad nos mostraba progresivamente más destrucción. Al llegar al centro la situación se tornó dramática: estaba literalmente abajo, sus edificaciones inutilizables, la zona había sido evacuada y el ejército resguardaba el perímetro. Se sentía el olor a muerte, se veían los rostros de ciudadanos desesperanzados, caminando por sus calles, y a medida que se iba la luz del sol comenzamos a sentir soledad y tristeza. Visitamos una clínica de una Fundación de ayuda social de la Compañía de Jesús que literalmente estaba toda fracturada, al recorrerla percibimos la magnitud de lo ocurrido.

Escuchamos con frecuencia en el recorrido que hicimos que ‘el concreto mata, la caña no, la casa baila pero no se cae’.

Regresando ya de noche a Guayaquil, aún impactados por la situación de desamparo en que estaban muchos, que es en buenas cuentas como un segundo “terremoto”, nos convencimos que debíamos ser parte de un trabajo bien articulado con la comunidad, con las otras organizaciones y con el Estado, evitando así un tercer “terremoto” que sería el caos de la entrega de apoyo y ayuda. Teníamos la oportunidad de comenzar ordenada y respetuosamente, de llegar al territorio con deseos efectivos de colaborar y no con la oculta ambición de ‘ser héroes’: ¡el centro deben ser las personas, familias y comunidades afectadas!

A la mañana siguiente, sábado 30, en una larga doble jornada, participamos de la capacitación de los voluntarios y voluntarias que se movilizarán a partir de la próxima semana a las localidades seleccionadas, donde tras un catastro, y de manera inmediata –en conjunto con la comunidad- se espera comenzar a levantar las primeras casas de emergencia. Será una ardua labor.

¡Nos tenemos que movilizar! La sociedad civil debe estar atenta para acompañar desde el primer momento a quienes más han sufrido por esta catástrofe, nuestra presencia inicial abre una vertiente de esperanza que empuja a salir del profundo trauma plagado de temor, inseguridad y desconfianza en que se encuentran; esto permite entrar en una acción conjunta donde los protagonistas son quienes están pasándolo muy mal. Y en esto no hay que escatimar esfuerzos en coordinarse con las Iglesias, los Municipios, los organismos de emergencia del Estado central, la empresa privada, otras organizaciones de la sociedad civil y movimientos de voluntariado, etc., evitando la desarticulación de la cooperación, lo que trae ‘clientelismo’, discrecionalidad, tensiones sociales, deficiente planificación (sin priorización), una amarga y vergonzosa competencia  por ‘ayudar’ entre las organizaciones ( sean públicas o privadas), etcétera.

Galería de fotos sobre el terremoto en El País.com

Dentro de este drama doloroso hay sin duda aprendizajes: a la pobreza y exclusión previa en que vivían muchas de estas personas, ahora se agrega un nuevo golpe que acentúa lo anterior; a la desigualdad tan profunda que habita en la sociedad ecuatoriana ahora se suma una nueva brecha por el empobrecimiento material de estas familias; al aislamiento y falta de servicios que experimentaban a diario comunidades rurales ahora se retrocede producto de la destrucción de lo avanzado, etc… Viendo esta realidad, urge hacer muy bien lo que viene, tanto en esta primera etapa para enfrentar la emergencia como en la siguiente que es la reconstrucción material y humana.

Espero que el impulso inicial de solidaridad no se apague, ya que en muchas de nuestras naciones partimos miles de personas movilizándonos por estos desastres, sin embargo ese entusiasmo decae fuertemente con el paso de los meses. Que éste sea un despertar de toda la comunidad ecuatoriana ante la marginalidad previa en que existían estas comunidades y que se ha visto acentuada con el terremoto, y que al ‘ver’ esta realidad, las acciones que emprendamos faciliten la inclusión más estable de estas personas y sus familias a la sociedad mayor.

 

Benito Baranda
Presidente Ejecutivo, América Solidaria Internacional

 


Para apoyar la campaña de Hogar de Cristo en Ecuador:

http://hogardecristo.org.ec/campanas/fondos-para-viviendas-emergentes/