Oculus de Nueva York: una grosera injusticia

Internacional
"Lo que tenemos aquí es una nueva ceguera, ignorando la realidad socio económica de una parte importante de la población, siguiendo el orgullo y la vanidad de unos pocos y olvidado la existencia de muchos".

Aquí en Puerto Príncipe, Haití, me he enterado de la noticia que se ha terminado la Estación de enlace en el World Trade Center de Manhattan en Nueva York (Oculus), una obra hecha por el destacado arquitecto Santiago Calatrava y con un costo final de 3.900 millones de dólares.

Justamente hoy he sabido que el presupuesto del Estado haitiano es de 3.000 millones de dólares para un país de unos 10 millones de habitantes y donde una parte importante de la población infantil vive en la pobreza (se calcula que más de la mitad de los habitantes del país enfrentan a diario esa situación).

Sin embargo, no vayamos tan lejos. Resulta altamente contradictorio que en un Estado donde van en aumento los índices de pobreza particularmente infantil, que algunos territorios alcanzan cifras superiores al 50% (ocurre desde Buffalo hasta Newburg) o al 40% (se observa hoy en Binghamton, Roichester, Syracuse Schenectady y Troy), y que, según las estadísticas oficiales, solo en la ciudad de Nueva York más de 1,5 millones de personas experimentan a diario la pobreza, se gaste esa suma de dinero en una estación de metro y se recorte el presupuesto de manera sistemática al ámbito social y educativo.

En EEUU los datos oficiales nos señalan que uno de cada seis habitantes vive en pobreza y que en el caso de los niños es uno de cada cinco, poco se ha avanzado al respecto en el último tiempo y eso lo saben con creces los ciudadanos del país del norte.

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El costo de esta obra representa, sin lugar a dudas, una de las más groseras injusticias para los habitantes más modestos de esa ciudad, para los de todo el Estado y del país, y para muchos otros que viven en naciones cercanas como es el caso de Haití, Honduras, Guatemala, El Salvador, etc. Es una verdadera bofetada a las familias de los trabajadores que en esa misma ciudad sobreviven a duras penas con el salario mínimo en una periferia semi-abandonada, con servicios deficientes e inseguridad. Las pocas veces que he caminado por los barrios periféricos y marginales de Nueva York, donde se concentran gran parte de las personas y familias socialmente excluidas, me ha impactado su nivel de deterioro y abandono. Ellos viven en un ambiente de temor producto del tráfico de drogas y la violencia que se le suma, se vinculan y conocen poco entre los vecinos, y también al entrar en sus apartamentos la pobreza material conmueve.

¿No podrían reflexionarse más tranquilamente las prioridades y ser bastante más modestos y menos pretenciosos en obras como ésta?

Lo que tenemos aquí es una nueva ceguera, ignorando la realidad socio económica de una parte importante de la población, siguiendo el orgullo y la vanidad de unos pocos y olvidado la existencia de muchos. Se ha dado la espalda a quienes también hacen que la ‘ciudad funcione’ desde una insólita precariedad,este gigantesco ojo ha nacido ciego a su entorno, a los niños y a la vida cotidiana de millares de familias. Esta es, desgraciadamente, una práctica que frecuentemente ocurre en el continente americano, hay numerosos ejemplos de obras que no viendo ni escuchando a los más marginados terminan por profundizar la exclusión y herir profundamente la vida común, se transforman así en símbolos de la insensibilidad social y de la vergüenza.

Benito Baranda
Presidente Ejecutivo de América Solidaria Internacional

(Columna publicada originalmente en el blog 3500 Millones del diario El País de España).