La empatía en el corazón de la juventud americana

Chile

Benito Baranda, Presidente Ejecutivo de América Solidaria

Los tiempos han cambiado en América y para bien, se ha despertado una nueva juventud más exigente de consecuencia, movilizada y en búsqueda de coherencia, que ambiciona realizarse en su vida y no repetir moldes vacíos de sentido, carentes de magnetismo o simplemente reproducir  hábitos  culturales sin significado. Son esos los jóvenes a los cuales Hessel les hablaba en Europa -en medio de las protestas sociales- donde los invitaba a pasar de la ‘indignación al compromiso’, es decir de la queja, desafección, desilusión y  desesperanza, a la transformación partiendo por la propia vida, por el estilo personal de ‘estar y ser’ en esta existencia, y luego por cómo construimos este mundo repleto de riquezas pero con pocas oportunidades para que todos se desarrollen de manera integral.

Es la juventud chilena que en el 2010 pasó meses comprometida en los territorios más golpeados por el tsunami y terremoto con palas, chuzos, picotas y martillos, es la misma que al año siguiente se movilizó por la educación de calidad para todos y todas, como ha ocurrido también en Colombia; es esa juventud que en Haití en medio de un drama mayor el mismo 2010 trabajó día y noche para encontrar a sus seres queridos y es también la que allí se levanta hoy en medio de tantas adversidades para estudiar y progresar; son aquellos jóvenes que en Perú el 2007 acompañaron a las familias de Pisco e Ica que tenían sus viviendas destruidas  y los que hoy se reparten por diversos rincones de ese país para trabajar y servir voluntariamente por una nación más justa;  y son tantas y tantos otros que en lugares lejanos, en espacios anónimos y excluidos en nuestra América no descansan en la búsqueda de la justicia, a través del compromiso de su propia vida e involucrándose directamente con las comunidades, para construir un continente socialmente integrado. Creo en esa juventud y tengo esperanza en ellas y ellos, en sus sueños y nobles aspiraciones.

Los jóvenes han conocido y tocado la realidad, han empatizado con el dolor que produce la marginación y la exclusión, han sufrido en medio de las catástrofes y han dejado allí parte de su existencia. Debido a ello sus vidas ya se están transformando y lo más probable que sus decisiones ya están siendo afectadas por sus experiencias, su mundo interior nunca más será el mismo. Llegar a casa por la noche, cansado, lleno de sudor y tierra, teniendo en la memoria a los rostros de niños/as y familias completas, luego de haber  realizado una acción gratuita de voluntariado, ya no los dejará iguales. El calor, las sábanas, el techo, la comida, el auto, los estudios, las calles y los parques, entre otras cosas, de los entornos donde ellos viven los verán con otros ojos, los echarán de menos donde sirven y comenzarán a movilizarse para colaborar en una mayor justicia, es decir desear a otros lo que ellos ya tienen, las abundantes oportunidades en medio de las cuales crecen.

La identidad de esta juventud se construye hoy desde una realidad más amplia, se teje a partir de las vivencias que van teniendo y éstas serán más ricas mientras mayor diversidad posean, y eso hará que su propio estilo de vida, su personalidad, sus opciones, decisiones y valores se consoliden con una característica única, excepcional, singular y particular, madura y recta, coherente y alegre.

Mientras más los jóvenes sirven y se ponen en el lugar de los demás –en particular de los más excluidos-  una mejor sociedad aflorará, con condiciones de vida más justas, con un bienestar más compartido, con mayor confianza y felicidad. Apostemos por estos jóvenes que ya han cruzado el umbral del individualismo y se han impregnado del valor de la solidaridad, sólo ellos podrán entregarnos una comunidad con una auténtica paz  que sea fruto de la justicia.