Hoy por ti, mañana por todas y todos

Al escapar de su hábitat, las lombrices fueron las primeras en advertir el accidente nuclear de Chernóbil, y a consecuencia de eso, sin tener qué comer, las gallinas cacarearon el desastre. Así los humanos percibieron los primeros efectos de la radiación y pudieron avisar a tiempo. Sus voces, sin embargo, no fueron escuchadas y la estación nuclear estalló.  

Hostigados por la mayor crisis política de su historia, las autoridades soviéticas no acogieron las alertas de la comunidad y silenciaron una catástrofe. Al no evacuar a tiempo a aquella comunidad vulnerada, se estima que unas 80.000 personas fallecieron a causa de las partículas liberadas, incubando innumerables enfermedades en los sobrevivientes, afectando el futuro de los recién nacidos y de los por nacer. Diez años después, las muertes por cáncer infantil aumentaron en más de cuatro mil respecto de la década anterior (debido al consumo de lactancia materna contaminada).

Al ignorar o rechazar a los más vulnerables, “estamos atentando contra su dignidad. Despreciar y relegar a grupos de personas porque no tienen los recursos, es un auténtico atentado“. Así Adela Cortina, filósofa española, explica el descrédito hacia quienes se encuentran en situación de pobreza, hacia los desprotegidos, como la comunidad de Chernóbil y sus futuras generaciones.

Hoy, la misma Adela Cortina nos convoca con una palabra que muchos pueden conocer, pero que este 2019 nos invita a reflexionar. Se trata de “aporofobia”, un término que acuñó Cortina para describir el rechazo a las personas en condiciones de pobreza. Del griego á-poros (pobre, desvalido) y fobia (pánico), en 2017 la palabra fue incorporada por la Real Academia Española al diccionario de la lengua por tener “una capacidad transformadora de la realidad”.  

Cortina encontró el origen de la palabra producto de la crisis migratoria. Por años se hablaba de xenofobia para manifestar el recelo al migrante que, lejos de traer algo a cambio, llegaría a causar delincuencia y desempleo en la sociedad. Pero al ver a los otros extranjeros, aquellos turistas con dinero, a los futbolistas y famosos, no le parecía que xenofobia fuera el término ideal para acuñarles.

Entonces pensó que “debía buscar una palabra para ese rechazo al pobre por sobre el extranjero. Los meteorólogos le ponen nombre a los huracanes y a las borrascas, porque al hacerlo, las personas las identifican y se previene frente a ellas. Yo veía una borrasca social peligrosísima y destructiva, que es la aporofobia y era necesario nombrarla para que la reconozcamos, sepamos que está, indaguemos sobre sus causas y nos preguntemos si nos parece bien cultivarla”.

Adela Cortina explica que este rechazo a quienes no tienen voz es consecuencia de nuestra formación en sociedad. “El cerebro humano es enormemente plástico. Va reformándose y transformándose según la influencia social”. Es, por tanto, el contexto de nuestros tiempos el que nos ha llevado a ser aporofóbicos.    

El sociólogo y filósofo polaco, Zygmunt Bauman, sostenía que en la actualidad, cuando la competencia define a las personas (tiempos modernos), “la sociedad se trata y se ve como una red, en vez de como una estructura”. Los modernos nos acostumbramos a la idea de “crear redes” sin darnos cuenta de que al hacerlo, automáticamente alguien queda fuera de ellas. Cuando identificamos personas “altamente conectadas”, también podríamos reconocer a muchos “desconectados”. Quizás la mayoría. Encontramos entonces una grieta en la estructura social: la diferencia entre el camino de un individuo versus el camino de una sociedad.  

“No solamente somos egoístas, sino que también somos altruistas. ¿Pero cómo explicar el altruismo en seres que deben ser competitivos? Ayudando, pero con tal de recibir. Es el núcleo de una sociedad contractual. Estamos dispuestos a cumplir con nuestros deberes, siempre y cuando se protejan nuestros derechos”, postula Adela Cortina.

Así jugamos al “hoy por ti, mañana por mí”. Pero ¿qué pasa con aquellos que no están en nuestras redes de contacto porque no tienen nada que ofrecer, y que por lo tanto no pueden entrar a este juego de transacción? Según Eduardo Galeano, a ojos de la sociedad moderna, ellos “no son seres humanos, sino recursos humanos”. Excluidos y sin voz.  

Pese al oscuro escenario, Cortina ofrece una solución: ve en la compasión “la capacidad de sentir con otro su tristeza y de sentir con otros su alegría. La compasión tiene un elemento fundamental y es la mirada lúcida, porque no hay ningún ser humano que no tenga nada que ofrecer. Pero para darnos cuenta de eso hay que agudizar la vista y la sensibilidad”.   

En este 2019 invitamos a averiguar por qué las lombrices se han ido y a preguntarnos por qué las gallinas cacarean. A ser compasivos para escuchar a los sin voz y ver realidades que desconocemos. En una de estas podremos identificar una borrasca o una catástrofe como la de Chernóbil y prevenir un desenlace fatal para todos aquellos que no han tenido las mismas oportunidades, en especial a los que están por venir. Participemos todos en el mismo juego, ese del “hoy por ti, mañana por todas y todos”.

 

Vicente Schulz

Director de Comunicaciones América Solidaria Internacional