Benito Baranda y encuentro con Papa Francisco: Daño al medioambiente afecta de peor forma a los más pobres

Internacional
El presidente ejecutivo de América Solidaria habla de su reciente viaje a Italia, donde tuvo la oportunidad de conocer al Papa Francisco. Cree que la preocupación por el medioambiente expresada en la encíclica “Laudato Si” le permitirá a la Iglesia acercarse a las personas más excluidas de la sociedad, quienes sufren las consecuencias de las decisiones de otros.

En el marco de la reciente visita a Italia realizada por la Presidenta de la República, Michelle Bachelet,  el presidente ejecutivo de América Solidaria, Benito Baranda, recibió una invitación para ser parte de la comitiva que la acompañaría en su viaje. “Yo no podía ir a toda la gira, y a través del Canciller Heraldo Muñoz me dijo que si la podía acompañar hasta la visita al Papa”, señala Baranda, quien destaca la composición de este grupo – integrado por personajes del mundo político, del estado, del mundo del trabajo y empresarios –  como “representativa de lo que nos está pasando en Chile, de todas las transformaciones que estamos experimentado en este tiempo”.

–          ¿Cómo fue su conversación con el Papa?

–          Cuando lo saludé,  me preguntó de dónde venía, fueron uno o dos minutos que pudimos hablar, y al despedirnos también pudimos conversar un ratito. No tuvimos mayor tiempo para conversar largo. Yo le entregué el brochure de América Solidaria, le conté en lo que estaba ahora, y que ya estábamos retomando el trabajo de nuestra organización en Argentina.

–          Desde su punto de vista, ¿cree que la llegada del Papa Francisco ha marcado un cambio de mirada de la Iglesia hacia América Latina?

–          Yo siento, al menos por lo que me ha tocado vivir, que desde el Concilio Vaticano II ha habido una transformación en la Iglesia, y ya con Juan XXIII se marca una inflexión muy grande, principalmente porque comienza su papado, al igual que sus sucesores, con un acento muy fuerte en la vinculación con las personas en situación de pobreza, y eso da una señal clara al resto de la Iglesia: algunos la entienden, otros no mucho, y en algunos casos también causa tensión. Hay que recordar que los intentos anteriores, como es el caso de Leon XIII con la encíclica “Rerum Novarum”, no tuvieron el mismo impacto. Costó mucho. Tuvo que llegar el Concilio Vaticano II para provocar efectivamente ese impacto, con todas las tensiones y consecuencias que eso tuvo en otros ámbitos de la Iglesia, no hay que ser ciego a ello.

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–          ¿Le parece que la reciente encíclica “Laudato si”, con su énfasis en temas ambientales, es un reflejo de esa nueva mirada?

–          Siento que desde su primera encíclica, “Lumen fidei”, que fue iniciada por el papa Benedicto  XVI y terminada por él, ya se nota este sello del papa Francisco, que es el vínculo con las personas más excluidas, con las consecuencias de las acciones que tenemos los seres humanos sobre otras personas que tienen menor poder, menor influencia, que están como en la periferia de las decisiones, y que son un grupo muy importante de la humanidad. Personas que reciben las consecuencias de las decisiones del resto. Eso, que en la exhortación apostólica “Evangelii gaudium” lo ve vinculado a la pobreza material y a la falta de oportunidades, lo retoma acá vinculándolo fuertemente al daño que estamos provocando en nuestro medio ambiente y a cómo eso también tiene consecuencias en las personas que viven en pobreza o que están fuera de estos circuitos de poder; habla de cómo estos daños son provocados también por la codicia, la búsqueda casi insaciable de mayor cantidad de bienes, de mayor cantidad de riquezas, que después terminan siendo concentradas sólo en algunos. Y pese a que muchos dan pretextos del empleo, o que se enriquecen los países, en muchos casos éstos terminan emprobreciéndose, porque se dejan las aguas contaminadas, se contaminando el aire, se causan enfermedades…

–          Que de alguna manera afectan más a los que tienen menos…

–          Exactamente. Es una encíclica polémica, que despierta discusión. Es lo que debería haber ocurrido con la “Rerum novarum” – que fue escrita hacia finales del siglo XIX por Leon XIII y  se refería más que nada a la cuestión social. Por eso muchas personas han dicho, y me gusta eso que han dicho, de que ésta es la “Rerum novarum” del siglo XXI. Hoy día el Papa nos habla de la cuestión medioambiental, pero no sólo vinculado al cuidado de las reservas, sino cómo esas reservas naturales se vinculan a la felicidad de la persona.

–          Este esfuerzo, ¿puede servir para Iglesia como una forma de recuperar confianzas en la sociedad?

–          Bueno, las instituciones lo están pasando pésimo en casi todas partes del mundo con esta pérdida de confianza. Y a las religiones –algunas más, otras menos- también les ha tocado lo mismo. Yo creo que no hay salida para la Iglesia Católica si no es con el vínculo con la pobreza; esa es su historia, para eso está en el mundo. Esas son las primeras palabras que dice Jesús cuando desenrrolla el rollo de Isaías en Cafarnaún. Y cada vez que la Iglesia se aleja de la pobreza, se encierra en si misma, se fortalece en sus riquezas, en su poder, en su influencia, al final pierde: pierde vocaciones, pierde adhesión de parte de la comunidad. Sólo en el vínculo con las personas en situación de pobreza, con las comunidades más excluidas y marginadas, con el daño que se está provocando a esas comunidades a través del impacto que se provoca en el medioambiente, creo que sólo en ese vínculo es posible que el común de las personas diga “si, vale la pena, ésta es la iglesia que yo quiero”. La fe no depende sólo de la Iglesia; muchas personas no participan activamente de la iglesia y tienen fe. Pero la Iglesia, a lo que nos ayuda es a vivir en comunidad esa fe, a hacernos partícipes de las transformaciones sociales, a invitarnos a construir la fe desde el vínculo con los otros, y no en una soledad familiar o en la soledad intimista de una persona. Esa es la fe que sale en el evangelio de Jesucristo, esa es la invitación de la Iglesia.