Colombia 26-12-2019

Concurso Memorias del Voluntariado, "Mi nueva gran familia", de Nathalia Vanegas.

Nathalia Andrea Vanegas Avellaneda, de Colombia, hizo su voluntariado en Santiago de Chile durante 2019, específicamente en Casa Belén, residencia de lactantes de la fundación San José, socio territorial de América Solidaria. 

Hoy, de vuelta en su país, quizo compartir su experiencia entregando un año de su vida para ser parte de la lucha por un continente sin pobreza infantil. Su relato integro el "Concurso Memorias del Voluntariado" y fue reconocido por el Consejo de Voluntariado de América Solidaria, en la celebración de los 10 años de la fundación en Colombia, realizada el 11 de diciembre pasado. 

A continuación, la experiencia de Nathalia: 

 

Mi nueva gran familia.

 

Ahí estaba yo en el Aeropuerto el Dorado de Bogotá, despidiéndome de mi familia, en medio de una montaña de emociones, entre la tristeza de dejarlos, la expectativa de lo que vendría, pero, sobre todo, el miedo a lo desconocido, miedo que subí a un avión con la promesa de ocuparme de él más adelante.

Llegue a Santiago, era la primera vez que existía para mí las 7 de la tarde, no lograba pronunciar la calle donde viviría y reconocí el caos de las grandes ciudades, monte en metro, me perdí muchas veces, pero me encontré aún más.

Los días pasaron y empezó esta ruta intercultural, miles de palabras que no entendía, ni me entendían, aunque estuviéramos entre hispanohablantes; diferentes culturas y costumbres; nuevas personas, sabores, aprendizajes y experiencias; una casa que no se sentía propia y la añoranza de lo que deje en Colombia.

Sin embargo, lo difícil de esta travesía valía la pena, ya que para mí ser voluntaria es una decisión política y un sueño que se hacía realidad, fue el encuentro de otros y otras que se creen y trabajan por la utopía de un mundo mejor, como quienes caemos en América Solidaria en busca de contribuir a un continente sin pobreza infantil. Allí, por esos primeros días escuchábamos hablar mucho sobre la idea de que la pobreza no es solo económica, sino, que la pobreza es multidimensional, es decir, que son muchas las formas de pobrezas y los factores que las generan; todo esto me “hizo sentido” (como dicen en Chile) el día que llegue a la Casa Belén residencia de lactantes de la fundación San José para la adopción (mi socio territorial).

Casa Belén, está ubicada en una de las comunas más adineradas de Santiago, es una casita de dos plantas con su propio parque infantil, torres de pañales, ropa de bebé, mamaderas, juguetes, mantas y tutos, que a veces no llegan a ser suficientes, por lo cual, son muchas las personas que trabajan todos los días para que ningún bebé que llega allí pase por necesidades económicas, es decir, ropa siempre en buen estado, su alimentación completa y balanceada, una cuna limpia y cómoda para cada uno y una, y juguetes por montones, pero con la gran carencia de una familia. En ese mismo momento, la pobreza pasó de ser sólo económica a ser afectiva.

Ese primer día que fui a conocer el hogar, miraba por las ventanas las salitas, sin querer ser invasiva, mientras luchaba con el desconsuelo de tanta soledad, en cada cunita había un bebé cuya familia no pudo garantizar sus derechos, en ese mismo momento, el corazón se sintió pequeñito, mientras pensaba en mi amado sobrino de 6 meses, para el cual, desde que supimos que llegaría a nuestras vidas, hemos hecho todo lo posible porque esté rodeado de amor, cuidados, protección y una familia más unida.

A Casa Belén llegan bebés desde los tres días de nacidos, ya sea porque sus madres se encuentran en algún riesgo psicosocial o ellas deciden darlos en adopción, estos niños y niñas quedan a cargo del estado, por lo que los procesos de reintegro familiar y de adopción son muy largos: fechas de audiencia canceladas o pospuestas, familias que no se presentan o después de mucha intervención familiar no son aptos para cuidar del menor y mientras tanto los niños y niñas pasan días y días esperando por una familia.

La cotidianidad en la residencia, es de muchos biberones por dar, pañales por cambiar y llanto que atender, pero a diferencia de un bebé en el seno de una familia que seguramente como mi sobrino tiene a muchas personas para velar por su cuidado, los niños y niñas institucionalizados  tienen a una cuidadora de trato directo por cada seis, lo que hace que no se pueda dar respuesta inmediata a las necesidades de cada bebé, por poner un ejemplo, los más pequeños deben ser alimentados y mudados cada tres horas, sin embargo, una cuidadora solo puede atender de a uno, mientras los otros reclaman su atención: ella da una leche, saca los gases, muda y acuesta, para inmediatamente tomar a otro y hacer la misma rutina, aunque estas mujeres, (porque son sólo mujeres las encargadas del cuidado, perpetuando una conducta extremadamente machista, la cual no voy a entrar a discutir ahora ya  me iria por otro lado) asumen roles de cuidado y dan amor todo el día, cabe aclarar que hay otras personas que apoyan todas las rutinas en busca que los bebés puedan ser atendidos inmediatamente lo requieran.

A pesar de que, el proyecto que fui a desarrollar, era principalmente trabajar con las cuidadoras, bien sea, por medio de talleres de capacitación en prácticas que promovieran cuidados para el desarrollo integral de los niños y niñas o del modelaje en sala, pasaba la mayor parte el día con los niños y niñas.

En este ir y venir me enamore de cada uno de ellos y ellas, se convirtieron en mi familia en Chile, ahora era la “tía Naty” de todos  y todas, esa tristeza, desolación y pesar que sentí al principio se fueron convirtieron en ganas de trabajar por ellos y ellas, en mostrar una realidad llena de tabúes como es la adopción, en aportar semillitas de amor, contener, cuidar, jugar, ayudar, mientras ellos y ellas se encuentran esperando por una familia.

Me despedí muchas veces, cada que se iba un niño o niña entraba la ambivalencia de emociones, pero por encima, estaba la alegría de saber que ya no tendrían que esperar por un turno para que los atendieran, que conocerían un mundo que hasta ahora era desconocido y sus vidas estarían rodeadas de mucho amor.

Este año de voluntariado me regaló las mejores experiencias de la vida, aprendí que el amor es el sentimiento más puro y necesario en el mundo, que las familias se configuran de lazos de amor, que la pobreza afectiva deja secuelas irremediables; además, cada uno de los niños y niñas me enseñó más que lo que yo a ellos, me enseñaron de resiliencia en cada sonrisa y abrazo, me enseñaron de fuerza y de ganas de vivir la vida bien sin importar que; mi maleta a Bogotá llegó llena de historias y ganas de continuar con la causa que fui abanderando en América solidaria (Promoción y protección de derechos de la infancia), me enseñó de interculturalidad y en este caminar ame mis raíces, mis sabores y mis historias; empecé a valorar aún más a mi familia, descubrí que la distancia no impide querer ya que ahora tengo partecitas de mi corazón en diferentes latitudes.

Definitivamente la persona que salió un día dejándolo todo no fue la misma que volvió, me transforme en lo profesional y lo personal, la vida en familia cobró otros sentidos y mi paso en el mundo también, estoy convencida que mi vida cobra sentido en la medida que dejemos huellas de amor en otros, que inspiramos, enseñamos, cuidamos y apañamos.

 

Nathalia Andrea Vanegas Avellaneda

Licenciada en educación infantil

Voluntaria profesional en Santiago de Chile

M-18

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